Mantenimiento de la casa Tumaini ni uzima (‘Sin esperanza no hay vida’)

Bukavu, Kivu Sur (R.D. Congo), 2018  · Acción Solidaria Aragonesa y Misioneros Javerianos

En colaboración con Acción Solidaria Aragonesa y Misioneros Javerianos.

Kinja Solange, de 14 años, fue una de las nueve chicas secuestradas en una incursión de un grupo de militares y es una de las 200.000 jóvenes violadas en la República Democrática del Congo (RDC) desde 1998, el país donde, según Médicos sin Fronteras, se registran el 75% de los casos de violación a nivel mundial:  niñas obligadas a prostituirse, niñas que habían sido secuestradas como trofeo y repudiadas por sus familias; las que tenían más suerte, las que pudieron escapar de la muerte, acababan alojadas en ‘casas de tolerancia’ a cambio de vender su cuerpo, cobrándole menos al cliente si querían que éste se pusiera condón.

Esta asociación con el apoyo de los misioneros javerianos montó en 2006 un centro de referencia donde las chicas pudiesen tener un techo, recuperarse de lo que habían pasado en un ambiente familiar y recibir una formación para que el día de mañana lograsen una cierta autonomía.

Cuatro años después, la casa de acogida Tumaini ni uzima (‘Sin esperanza no hay vida’) era una alternativa a la explotación sexual para las chicas de Bukavu. El paraguas que la sostiene es África Tumaini, una pequeña asociación sin ánimo de lucro afincada en Madrid.

Su presidenta, Cándida Leal, cuenta la situación de estas chicas el mismo día en que se hace público en Ginebra el informe de Naciones Unidas sobre los crímenes en RDC, y que documenta 671 casos de delitos graves acaecidos entre marzo de 1993 y junio de 2003.

Rotas las alianzas entre el Congo y sus países vecinos, la invasión del este del país en 1998 por tropas ruandesas fue el inicio de cinco años de guerra que han costado la vida a cuatro millones de personas y ha provocado casi un millón y medio de desplazados. En este contexto, la violencia sexual parece una consecuencia irremediable, porque el conflicto está enquistado y la cruel práctica de abusar de la mujer ya no es sólo un botín de guerra, sino un arma, un modo de debilitar la sociedad africana.

Ella asegura que “somos poquitos y tenemos poquitos medios”, pero han sabido convencer a amigos y contactos para conseguir ayudas. Hoy por hoy, el edificio donde acogen a las chicas está prácticamente rematado y el siguiente paso está siendo la puesta en marcha de diversos talleres.


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